Siempre se habla de las Islas Cíes y de su playa de Rodas como la joya de la corona de las Rías Baixas. Y no seré yo quien lo niegue. Pero para los que buscamos algo más auténtico, más crudo y con un alma habitada, la Isla de Ons es el verdadero secreto a voces de la Ría de Pontevedra. Este fin de semana volví a subirme al barco, dejando atrás el ruido del continente, para perderme en sus arenales. Y la experiencia, como siempre, fue sanadora.
La llegada: Un cambio de ritmo
Nada más desembarcar en el muelle, sientes que el tiempo se detiene. Aquí no hay coches, solo el sonido del mar y el de los tractores de los pocos isleños que resisten. Mi objetivo no era hacer las rutas de senderismo hasta el faro (que son espectaculares), sino dedicarme en cuerpo y alma a sus playas.
Lo primero que te impacta de Ons es la transparencia del agua. Es un azul turquesa tan intenso que, si no fuera porque conozco bien la temperatura del Atlántico gallego, juraría que estoy en una isla griega.
Melide: La libertad absoluta
Mi favorita indiscutible es la Playa de Melide. No es para perezosos; hay que caminar unos veinte o treinta minutos desde el pueblo, atravesando caminos de tierra y pinos. Pero ese paseo es el filtro perfecto que garantiza tranquilidad.
Al llegar, la vista desde arriba te corta la respiración. Melide es salvaje, resguardada del viento y, lo más importante, es una playa nudista por excelencia. Allí, la ropa sobra. La sensación de libertad al entrar en el agua fría, sintiendo la sal y el sol en la piel sin barreras, es indescriptible. Es un agua que te despierta cada célula del cuerpo. Dicen que el agua fría conserva la juventud; si es así, en Melide rejuvenecí diez años en un solo baño. Desde la arena, la vista de la ría y de las bateas a lo lejos te recuerda dónde estás: en el corazón de Galicia.
Area dos Cans: El encanto de lo accesible
A la vuelta, con el hambre apretando (el mar siempre da hambre), hice parada en Area dos Cans. Está justo al sur del muelle y es mucho más accesible. Aquí el ambiente es diferente: familias, neveras azules y risas. Pero incluso con gente, Ons nunca se siente masificada como otras playas turísticas.
Me senté en las rocas de granito redondeadas por la erosión, conocidas como «bolos», a secarme al sol. Lo especial de esta playa es ver llegar las dornas (barcos tradicionales) y saber que, justo detrás de ti, está la aldea.
El ritual gastronómico y el atardecer
No se puede hablar de disfrutar las playas de la Isla de Ons sin mencionar lo que viene después. Con la piel tirante por la sal, me dirigí a Casa Acuña. Porque en Ons, el pulpo a feira y la empanada de maíz no son comida, son religión. Comer allí, rodeado de gente que comparte esa misma sensación de «náufrago voluntario», es parte de la experiencia de playa.
Regresé al barco con el atardecer tiñendo el cielo de naranja sobre el perfil de la isla. Ons no es solo un lugar para tomar el sol. Es un parque nacional que te exige respeto y te devuelve la paz. Sus playas no tienen chiringuitos con música alta ni tumbonas de plástico; tienen arena blanca, agua cristalina y una autenticidad que cada vez cuesta más encontrar. Si buscas el paraíso, no hace falta irse muy lejos; está a un viaje en barco de distancia.