Mi taller siempre ha sido mi refugio, un espacio donde las ideas cobran forma y donde el tiempo parece detenerse. Me gusta la sensación de crear algo tangible, de transformar un material en bruto en una pieza con alma. Y en este proceso, la madera ha sido siempre mi gran aliada. No hay nada como el tacto de un tablón recién cepillado, el aroma que libera al ser cortado o el sonido que produce al ser trabajado. Para mí, la calidad de la materia prima es el 50% del éxito de un proyecto. No importa cuán buena sea tu técnica si el material de base no está a la altura. Es por eso que, para mis creaciones, siempre busco el lugar ideal, un espacio donde la madera no es solo un producto, sino una promesa. Un lugar donde puedo encontrar la veta perfecta, el corte preciso y el tipo de madera ideal para cada una de mis ideas. Y en Galicia, eso tiene un nombre: comprar madera en A Coruña. La variedad y la calidad que se encuentran aquí son incomparables, y para alguien como yo, es un tesoro.
El proceso de elegir la madera es casi un ritual. Me gusta tomarme mi tiempo, caminar entre los tablones apilados y observar cada detalle. Me acerco a un roble y acaricio su superficie, sintiendo la dureza y la resistencia que esconde. Miro un pino y me imagino la luz que aportará a un mueble, su ligereza y su versatilidad. El olor es una guía, cada especie tiene su propio perfume, un aroma que evoca el bosque del que proviene. Recuerdo la última vez que estuve, buscando un material para una mesa de comedor que quería hacer. Quería una madera que fuera robusta, duradera, que contara una historia. Me acerqué a la sección de maderas nobles y mis ojos se posaron en unos tablones de castaño. La veta era impresionante, con nudos y marcas que le daban un carácter único, y el color, un marrón cálido y profundo, era exactamente lo que buscaba. Me asesoraron sobre el corte y el secado, asegurándose de que la madera estuviera en las mejores condiciones para mi proyecto.
Volver a casa con los tablones de castaño fue como traer un pedazo de naturaleza conmigo. El proceso de trabajarla fue una delicia. Corté, lijé, y le di forma a cada pieza, viendo cómo la mesa tomaba vida. Los nudos y las imperfecciones que en otro material hubieran sido un defecto, en esta madera se convertían en el alma de la pieza. Quise mantener su esencia rústica, así que opté por un acabado natural, que resaltara la veta y la textura del castaño. El resultado fue una mesa que no era solo un mueble, sino una obra de arte funcional. Una pieza central en mi comedor que atrae todas las miradas y que llena la habitación de calidez. Mis amigos y familiares se asombraron al verla, y no podían creer que la había hecho yo mismo. La sensación de orgullo al decirles que no, no la compré, la creé, es indescriptible.
La madera tiene la capacidad de transformar un espacio por completo. Un simple revestimiento en una pared puede dar un toque acogedor y natural a un salón minimalista. Una pieza de mobiliario de madera maciza, como un cabecero en un dormitorio o una estantería en un estudio, aporta una sensación de solidez y confort. Y ni hablar del aroma que libera, una fragancia sutil que te hace sentir más conectado con el entorno, incluso si vives en el centro de una ciudad. Es un material que no pasa de moda, que se adapta a cualquier estilo, desde el rústico al más moderno. Su versatilidad es su mayor fortaleza. Y la belleza de sus imperfecciones, la pátina que adquiere con el tiempo, la hace cada vez más única y valiosa.
En mi opinión, invertir en madera de calidad es una de las mejores decisiones que se pueden tomar para un proyecto de decoración o carpintería. No es solo un material, es una historia, una conexión con la naturaleza y una forma de dar vida a tus ideas más creativas. La sensación de crear con tus propias manos, utilizando un material tan noble y bello, es una de las mayores satisfacciones que existen. Y el resultado, una pieza única que perdurará en el tiempo, es la mejor recompensa.