Un Fin de Semana en el Paraíso Atlántico

El sonido de las gaviotas y la brisa salada en la cara fueron el despertador que anhelaba. Había dejado atrás el bullicio de la ciudad con un único propósito: perderme durante un fin de semana y visitar las islas ons, y la experiencia superó todas mis expectativas.

El viaje en barco desde Bueu ya es una declaración de intenciones. A medida que la costa se difuminaba, el perfil de la isla se agigantaba, prometiendo un refugio de naturaleza virgen. Al desembarcar en el pequeño muelle de O Curro, sentí cómo el ritmo se ralentizaba. Aquí no hay coches, solo el susurro del viento y el murmullo de las olas. Tras dejar mis cosas en el camping, con mi tienda perfectamente orientada para no perderme el amanecer, me calcé las botas de caminar, listo para devorar la isla.

Dediqué el sábado a la Ruta Sur, un sendero que serpentea por la costa y regala postales imborrables. Cada recodo del camino era un nuevo descubrimiento: la solitaria playa de Area dos Cans, las vistas panorámicas desde el mirador de Fedorentos con la isla de Onza en el horizonte y, por supuesto, el impresionante «Buraco do Inferno». Escuchar el rugido del mar colándose por esa cueva marina fue un momento hipnótico, una demostración de la fuerza indomable del Atlántico.

La recompensa al esfuerzo llegó al atardecer en Casa Checho, uno de los pocos restaurantes de la isla. Saborear un pulpo «á Illa», tierno y con ese toque especial que le da la tradición local, mientras el sol teñía el cielo de naranjas y morados, fue el broche de oro para un día perfecto.

El domingo lo reservé para la calma. Un paseo matutino me llevó hasta la playa de Melide, un arenal de una belleza casi irreal, famoso por ser una de las pocas playas nudistas de Galicia. El agua, cristalina y helada, fue una invitación valiente pero revitalizante. Las últimas horas las pasé simplemente sentado sobre una roca, contemplando la inmensidad del océano y sintiendo una paz profunda, de esas que solo un lugar tan auténtico y desconectado del mundo puede ofrecer.

Volver en el barco el domingo por la tarde, con la piel tostada por el sol y el alma recargada, me hizo comprender por qué Ons es un tesoro. No es solo un paisaje; es una sensación, un respiro que te reconcilia con la naturaleza y contigo mismo. Una escapada que, sin duda, repetiré.