Es imposible negar que, cuando entra el buen tiempo, una tapería en Sanxenxo se convierte casi en el plan maestro de cualquier grupo de amigos, pareja de enamorados o familia con ganas de cambiar la rutina por una mesa llena de pequeñas delicias. La cultura del tapeo gallego tiene ese poder único de unir a desconocidos en una conversación sobre la intensidad de la empanada o la frescura de unos mejillones, todo mientras suena la inconfundible melodía de las olas colándose por la ventana. La localización marina y el espíritu relajado de la zona hacen de Sanxenxo un pequeño paraíso donde la palabra “prisa” parece no tener traducción local, porque aquí la consigna es saborear cada instante con la calma que demanda la buena gastronomía.
Pocos placeres hay tan sencillos y tan absolutamente gratificantes como sentarse en una mesa de terraza y ver aparecer, como por arte de magia, platitos que rebosan color y buen sabor. Los gallegos dominan el arte de convertir productos tan humildes como la patata, el pimiento o la sardina en pequeñas obras maestras cargadas de historia y conversación. De hecho, uno se pregunta muchas veces por qué un simple trozo de pan puede saber a pan de otro planeta cuando va acompañado de una tapa y de esa brisa atlántica que despierta el apetito y la sonrisa. Sea por ciencia o por magia natural, allí la felicidad llega en raciones y el tiempo parece deslizarse, perdiendo toda agresividad y volviéndose blando, maleable, como el pulpo a feira cuando todavía humea sobre la madera.
No hay ritual gallego sin charla animada acompañada de una copa fresquita y, si la suerte acompaña, unas risas mezcladas con el aroma a mar y la promesa de una sobremesa infinita. La tapería se ha convertido en eje social y refugio para los cazadores de momentos memorables, aquellos que prefieren la promesa de una buena conversación acompañada por elaboraciones que, ya sea una croqueta casera o una tosta de zamburiñas, parecen diseñadas para impresionar sin esfuerzo. El ambiente lo hace todo: el olor a salitre, el murmullo de turistas y vecinos mezclándose en idiomas improbables y el rumor remoto de que en ningún otro lugar del mundo se es más feliz por tan poco.
Puede que el mejor misterio sea cómo se las arreglan los sanxenxinos para convertir cada tarde en una invitación a olvidar el estrés, a mirar la vida como quien mira una tapa recién llegada a la mesa y decide que esperar vale la pena. Todo a su tiempo, parecen decir la camarera, la abuela de la mesa de al lado y el sol que se filtra entre las sombrillas del paseo. Esa desconexión casi automática del reloj es lo que logra que el tapeo aquí sea una experiencia para saborear sin planificar, sin red y sin preocupaciones.
Tal vez uno de los mayores logros del tapeo gallego sea el arte de alargar la tarde, como si una fuerza invisible empujara a quedarse un poquito más. Se habla de todo y de nada, se comparten secretos familiares y chistes malos, se brinda por los ausentes y se hacen nuevos amigos en tiempo récord. Incluso los más solitarios descubren que basta una sonrisa para acabar con una mesa llena y una ronda inesperada de pimientos de Padrón improvisada por ese vecino simpático que comparte mesa y mantel sin pedir nada a cambio.
No hay receta para lograr ese ambiente: surge solo, como el vapor sobre la empanada caliente, y se agradece en cada gesto, en cada tapa servida y en ese rumor de satisfacción que recorre la plaza cuando la tarde cae y las luces comienzan a iluminar las primeras sombras del paseo. Lo que sí es seguro es que quien prueba, repite, y que volver a casa tras una jornada de tapeo junto al mar gallego es hacerlo con el corazón un poco más ligero y la barriga llena de historias deliciosas.